Desde 1967 Israel ha detenido a 700.000 palestinos,
un 20% de la población de los territorios ocupados
aquel año. Muchos son menores de edad que sufren
torturas en el Campamento Offer y son condenados sin
juicio
ILAN PAPPE 01/08/2011
Estos hechos constituyen una violación de las
avanzadas leyes que Israel se da a sí mismo. Los
sufrimientos han hecho de los palestinos jóvenes una
generación de resistentes
Aparecen en mitad de la noche cuando los niños están
profundamente dormidos, tal vez soñando con una vida
mejor. Con los ojos tapados, amordazados, esposados,
los menores son llevados a los camiones y esa misma
mañana apriscados en el Campamento Offer,
departamento número 2 del Juzgado Militar, también
conocido como Departamento Infantil. Durante ese día
-y todos los demás- tendrán que permanecer sentados
en una especie de clase donde no hay profesores y
tampoco padres, pero sí jueces, fiscales y muchos
guardias. Tienen entre 10 y 13 años los mayores y
están acusados de tirar piedras a las fuerzas
armadas israelíes, probablemente denunciados por sus
propios compañeros de clase. Serán brutalmente
interrogados: golpes en la cara y el abdomen,
privación de sueño, pinchazos de aguja en manos,
piernas y pies, amenazas de violencia sexual y, en
algunos casos, electrochoques. Suelen confesar
enseguida, están aterrorizados, pero solo cuando
aceptan convertirse en colaboradores les sueltan, si
es que les sueltan.
Ofra Ben-Zevi, una de las pocas y valientes mujeres
israelíes que trabaja sin descanso por el despertar
nacional e internacional de las conciencias
dormidas, dice que a esta política criminal y odiosa
hay que llamarla la cacería del niño.
Resulta fácil olvidarse de Palestina cuando Damasco,
El Cairo y Saná están en plena ebullición. El ruido
de los disparos contra los manifestantes, el
espectáculo de los dictadores sentados en el
banquillo, la genuina necesidad de los ciudadanos
árabes de encontrar su propia vía hacia la
democracia ocupan los titulares de prensa.
La destrucción de Palestina es mucho más lenta, y su
tragedia invisible para el mundo exterior, pero es
también mucho más antigua que todas estas
revoluciones y me temo que seguirá todavía ahí mucho
después de que cualquiera de ellas llegue a dar
fruto en alguna nueva y esperanzadora realidad. Y
puesto que Palestina no forma parte de esta positiva
transformación, esto afectará al éxito de su
supervivencia.
Esta es una herida que no sanará fácilmente. ¿Por
qué? Porque, después de años de cacería diaria,
miles de niños palestinos han terminado por
convertirse en una generación de tenaces
resistentes, una generación que no sucumbirá jamás
ante la presión de Israel aunque sus líderes sí lo
hagan. Ellos nunca fueron tratados como niños por
Israel, sino como criminales (al contrario de lo que
sucede dentro de Israel, donde los delitos menores
de los más jóvenes son borrados de los archivos o
prescriben, algo que no ocurre en ningún caso con
los jóvenes de la Palestina ocupada, lo que facilita
a la policía israelí la posibilidad de utilizar como
colaborador en cualquier momento a cualquiera de
ellos).
Según la ONG Adamer, desde que Israel sobrepasó las
fronteras que le fueron adjudicadas antes de 1967,
ocupando Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este, han
sido detenidos aproximadamente unos 700.000
palestinos, es decir el 20% de la población total de
estos territorios. Según esta misma fuente, siguen
en sus cárceles más de 5.600 y por eso los abusos
que aquí relatamos constituyen solo un pequeño
ejemplo de una realidad acumulativa, una escena de
una película que todavía no se estrenó y que
probablemente no se estrene nunca.
Imaginen pues que la escena que voy a describir
tiene lugar en el Campamento Offer, frente al
distinguido juez Sharon Rivli o alguno de sus
colegas, todos los lunes entre las nueve de la
mañana y las seis de la tarde. No todo el mundo en
Israel ha oído hablar del Campamento Offer, pero si
se toma la carretera 443 de Tel Aviv a Jerusalén
(una carretera apartheid por la que los palestinos
tienen rigurosamente prohibido viajar, aunque se
haya construido a costa de sus campos de cultivo y
atraviese y destruya las propiedades de docenas de
aldeas palestinas), puede verse un enorme bastión de
cemento armado: es el Campamento Offer y allí, y en
otros campamentos como este distribuidos
estratégicamente, opera la industria israelí de
"prisiones" que pone entre rejas diariamente a un
número de personas que supera con mucho a alguno de
los regímenes más brutales del mundo.
Cientos de palestinos son traídos aquí todos los
meses basándose en uno de los procedimientos de
arresto y detención más rápidos del mundo -uno que
ni siquiera permite a los abogados conocer los
cargos, y donde la mayoría de las condenas terminan
sin juicio y con penas de cárcel.
Es tan frecuente este tipo de abusos que han dejado
de ser noticia. La rutina, sin embargo, se rompe de
vez en cuando con alguna variante en el menú. Hace
unos días, por ejemplo, una clase entera de niños
aterrorizados fue detenida. Será procesada al estilo
"industrial", de acuerdo con los métodos de esta
justicia, de esta broma macabra.
Las historias del Offer aparecen aquí y allí de vez
en cuando, pero por lo visto no son lo suficiente
llamativas para impresionar a nadie. Una delegación
de diputados laboristas visitó el lugar en diciembre
del año pasado antes de ser entrevistados por Amira
Hass, del diario Haaretz, y contarle lo impactante
que había resultado para ellos la experiencia al
conocer de primera mano la historia de los niños
torturados y obligados a confesar crímenes que no
habían cometido. Uno de los diputados, Richard
Burden, conmocionado, tuvo que oír además cómo su
guía le reconocía que ese día en particular había
habido suerte porque habían visto a los niños
esposados con las manos hacia adelante y no hacia
atrás, que "como ustedes saben es una postura mucho
más dolorosa".
También Haaretz dio a conocer la historia de un
joven de 14 años encarcelado sin juicio. Su abogado
contó al tribunal que el joven había sido
brutalmente torturado durante las cuatro o cinco
horas que duró el interrogatorio. Como de costumbre
en estos casos, ni el abogado defensor ni el propio
acusado tenían idea -ni la tendrán nunca- de qué se
le estaba acusando, lo cual, por supuesto, no fue
obstáculo alguno para que le metieran en la cárcel.
Seguirá, pues, encerrado en un cubículo de siete por
tres metros, con otros nueve presos, comiendo,
desnudándose y haciendo sus necesidades en la misma
habitación: una historia de lo más corriente
multiplicada por cientos, no, por miles de casos.
El juez trabaja eficiente y rápidamente enviando a
un niño tras otro a la cárcel. Todos van vestidos
con uniformes marrón o naranja. Capturados en plena
noche, interrogados sin la presencia de ningún
adulto o siquiera un trabajador social y denunciados
a menudo por sus propios compañeros de clase.
Aya Qanyok, veterana de la ONG Machsom Watch, que en
una ocasión pudo presenciar los juicios, ha contado
la historia de un crío de 13 años que llevaba tres
meses y medio preso. Ese mismo día presenció otros
24 juicios de niños procedentes del campamento de
Calandia (Ramala), secuestrados todos ellos en plena
noche y encadenados el uno al otro por las fuerzas
militares de la "única democracia de Oriente
Próximo".
Niños encarcelados e interrogados no solo en el
Offer y centros semejantes, sino también en las
mismas aldeas o vecindarios donde viven. En
Ghawarta, ciudad donde los israelíes sospechaban que
dos escolares desesperados habían asesinado
brutalmente a una familia de colonos perteneciente a
uno de los grupos más fanáticos de entre todos los
que ocupan los territorios, los cazaron de casa en
casa. La batida fue seguida por un duro
interrogatorio. Los sospechosos, uno de cuatro años
y su hermano de 11, fueron interrogados dos veces
por dos grupos diferentes de soldados.
Todos estos hechos constituyen una flagrante
violación no solo de los tratados internacionales
para la protección de la infancia, sino también de
las mismas y avanzadas leyes que el propio Israel se
ha dado a sí mismo. En la maravillosa película Los
niños de Arna, Juliano Hamis nos muestra cómo su
madre primero y luego él mismo intentaron crear en
Jenin un reducto de libertad para los niños
palestinos. Se trataba de una pequeña compañía de
teatro, pero no duró mucho: los cazadores de niños
la convirtieron enseguida en su objetivo. Ahora,
también Juliano acaba de ser asesinado, quizá por un
islamista fanático, quizá por un colaborador
israelí. Con él desaparece otro de los pocos
espacios seguros para la infancia en los territorios
ocupados por Israel en 1967. Entretanto, el lento
infanticidio de Palestina continúa.
Ilan Pappe es catedrático de Historia y
director del Centro Europeo de Estudios Palestinos
en la Universidad de Exeter.
Traducción de Pilar Salamanca.
Traducción de Pilar Salamanca.

